¡Abríos al amor de Dios y dejaos guiar! Homilía íntegra pronunciada ayer por el cardenal Rouco Varela en la catedral de la Almudena durante la ceremonia nupcial. El arzobispo de Madrid pidió a los esposos que compartan «las necesidades de los más débiles de la sociedad» El cardenal Rouco se hizo eco durante la homilía de las palabras tantas veces escuchadas a Juan Pablo II, y que él dirigió a los novios como consigna de vida: «¿No tengáis miedo!». Citando a santa Teresa de Jesús, que decía que «amor saca amor», invitó a los esposos a «sacar amor en vuestra familia y en España». Asimismo, alentó a los contrayentes a mantener la amistad con Cristo en su nueva vida matrimonial y familiar, «que no es un ideal imposible», a cultivar la oración personal y a cuidar especialmente la eucaristía dominical. No faltó durante la homilía un recuerdo especial para las víctimas del «vil atentado terrorista del 11 de marzo», y la petición a los novios de compartir «el dolor y las necesidades de los más débiles». A continuación ofrecemos el texto íntegro de la homilía pronunciada por el cardenal arzobispo de Madrid, con motivo del Enlace Real: «Majestades, Altezas, Emmos. Sres. Cardenales, Excmos. Sres. Arzobispos y Obispos, Excelentísimos Señores y Señoras, mis queridos hermanos y hermanas en el Señor, queridos Don Felipe y Doña Letizia: Venís ante el altar del Señor a contraer santo matrimonio. Así ha llamado la Iglesia desde el principio a aquella íntima comunidad de vida y amor conyugal , basada sobre la alianza del varón y de la mujer que dejan a su padre y a su madre, a sus familiares, amigos, en una palabra, a su marco anterior de vida y relación habitual para formar una sola carne . En el fondo de vuestra decisión libre y personalmente adoptada está y late un compromiso, un compromiso de amor: os amáis y os queréis amar para siempre y por ello deseáis entregaros el uno al otro plena e incondicionalmente hasta que la muerte os separe. Queréis haceros donación de todo lo que sois y tenéis el uno al otro: de vuestras personas, de vuestro cuerpo y de vuestra alma, de vuestro corazón, con una gratuidad y generosidad tales que de vuestra mutua donación surja el don de nuevas vidas, el don de los hijos. Así es el amor conyugal auténtico cuando se le deja desplegarse y manifestarse en sus más ricas posibilidades y tendencias propias: un amor dispuesto a darse hasta la expropiación, a favor del hijo, de los hijos, fruto de sus entrañas. Por este amor gratuito y fecundo os habéis decidido o, por usar una forma de hablar juvenil, habéis apostado definitivamente hoy en el día solemne y gozoso de vuestra boda. En vuestro interior os habéis sentido fascinados y atraídos, sin duda, por el secreto de ese Amor que San Pablo describirá con una tersura más que humana, ¿divina!: El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca . ¿Será éste un ideal imposible para el hombre? ¿Y más imposible todavía en la realización diaria de la vida matrimonial y familiar? No para Dios, ni para los que se acogen a Él, como lo hacéis vosotros en esta mañana tan gozosa de vuestros esponsales: gozosa para vosotros mismos, la Real Familia, vuestros familiares y amigos y para España entera. ¿Dios es el amor creador y redentor! Él ha creado al hombre, varón y mujer, para hacerlos partícipes de su designio de amor y de vida, de gloria y felicidad eternas. Los intentos de frustrar la creación que el hombre protagonizó desde el principio y protagoniza constantemente por el pecado, que tan negativamente afectaron al matrimonio y a la familia, fueron superados por el Amor más grande de Dios: el del Padre que envía al Hijo para que tome carne en el seno de la Virgen María, se haga uno de nosotros menos en el pecado, asuma nuestro destino hasta la muerte y una muerte de Cruz. El amor de Cristo Crucificado y Resucitado, desde el momento de su Pascua, sostiene, reconforta, anima y eleva el amor matrimonial de los esposos cristianos, es más, lo convierte en sacramento , es decir, en signo eficaz de su amor esponsal a la Iglesia, para que pueda crecer, madurar y triunfar sobre cualquier tentación de desmayo o de cansancio, de debilidad o desilusión que tantas veces nos acecha al emprender los grandes, valiosos y decisivos proyectos de nuestras vidas cuando sintonizan fielmente con el amor de Dios, como es el caso de vuestro matrimonio. ¿No tengáis miedo! ¿Abríos al amor de Dios Padre y dejaos guiar por su mano providente ¬por su Ángel¬ como lo hicieron Tobías y Sara! Confiaron en Rafael, el compañero del camino, fiel y desinteresado como nadie, misterioso y luminoso a la vez. El plan de Dios sobre sus vidas se revelaba como un don inefable que les permitía llenarlas de un sentido definitivo ¬el de la fecundidad y de la felicidad¬ a través de su matrimonio, inspirado en la ley del Señor y en su Alianza con el pueblo elegido. ¿Abriros y confiaros, sobre todo, al amor de Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador! Es el invitado invisible, pero el más grande e insustituible en la celebración de todo matrimonio cristiano, como es el vuestro. Viene y actúa como en la boda de Caná de Galilea que nos narra San Juan en su Evangelio. Acompañado de sus discípulos, pero, sobre todo, de su Madre, se hace presente como un amigo excepcional ¬¿el amigo por excelencia!¬, el que saca del apuro a los novios convirtiendo el agua de las seis enormes tinajas, gracias a la indicación maternal de María, en vino generoso y bueno con el que se garantiza y enriquece la alegría y la fiesta del banquete nupcial. ¿Todo un gesto de exquisita benevolencia, divino y humano a la vez, que adelanta simbólicamente lo que significa y opera la presencia de Cristo en el acontecimiento de todo matrimonio cristiano, en el vuestro también, queridos Don Felipe y Doña Letizia! Él os llenará el corazón de la certeza interior de que la gracia y el amor suyo y la cercanía de su Madre santísima y tiernísima os harán comprender y vivir la grandeza y la belleza insuperable del amor esponsal, vivido a la luz y con la fuerza del Evangelio: como el amor que os une para siempre, indisoluble y fecundo, rico en frutos de nuevas y maravillosas vidas, las de vuestros hijos. ¿Mantened la amistad con Él a lo largo de toda vuestra vida matrimonial y familiar! ¿Cuidad la oración personal! ¿Participad en la oración de la Iglesia, especialmente en la eucaristía dominical donde Cristo transforme en vino nuevo el agua de vuestra existencia! Os servirá de una gran ayuda en los momentos más difíciles y en las horas más felices. Y abrid los afanes compartidos de vuestro matrimonio y las puertas de vuestro futuro hogar al dolor y a las necesidades de los más indigentes y débiles de nuestra sociedad. Contraéis matrimonio, queridos Don Felipe y Doña Letizia, delante de Dios y de los hombres. El matrimonio y la familia aportan siempre un inestimable e imprescindible servicio para el bien de la sociedad y del hombre en general. Constituyen la célula primaria de la que se entreteje y de la que se nutre toda sociedad sana, justa y solidaria. Vuestro matrimonio, inserto en la línea dinástica y en la historia milenaria de la Monarquía Española, os exige un plus de disponibilidad al servicio a España, absolutamente único y singular. Comporta, por su propia naturaleza histórica y jurídica, gravosos sacrificios y una entrega incesante al bien común de la sociedad española y de todos los españoles. ¡No tengáis miedo tampoco ante estas exigencias extraordinarias que os advienen a vuestra vocación de esposos y familia cristiana por la responsabilidad histórica que os toca asumir como matrimonio y familia del heredero de la Corona Española! También en esta difícil y costosa tarea experimentaréis la victoria del amor de Cristo y de su Iglesia. No estáis solos en vuestro camino. Sus Majestades, los Reyes de España, la Real Familia, vuestros familiares y seres más queridos, el buen pueblo de España ¡están a vuestro lado! Os acompañan la oración y las plegarias de un sinnúmero de españoles, hijos de la Iglesia, y de otros muchos de buena voluntad. La presencia de tan ilustres personalidades en esta ceremonia, venidas de países y pueblos hermanos y amigos de todo el mundo, y que tanto agradecemos, lo corrobora con creces. No os faltará la oración de aquellas almas que constituyen el tesoro más valioso de la Iglesia de Cristo: la de las comunidades de vida contemplativa, especialmente las femeninas. Os rodea y arropa la simpatía general de los españoles. Los madrileños festejan y celebran vuestra boda, viva aún la gratitud por el recuerdo entrañable de vuestra solicitud por las víctimas del vil atentado terrorista del pasado 11 de marzo. Amor saca Amor , decía Santa Teresa de Jesús, refiriéndose a las muestras de amor de Jesucristo dadas a los hombres y a la respuesta que suscita en los buenos corazones. Es regla de oro que ha de seguirse si se quiere que prospere y dé fruto abundante de bien, de felicidad y de paz cualquier proyecto de vida matrimonial y familiar cristiano. Vuestro amor, sellado hoy ante Dios y ante los hombres como un sacramento, está llamado y destinado a sacar amor en vuestra familia y en España, a ser instrumento de la civilización del amor como nos pedía el Papa en su última e inolvidable visita a España. ¿Que Santa María de La Almudena, invocada con tantas gloriosas y queridas advocaciones en todas las comunidades de España os guarde en el amor salvador de su Hijo! ¿Que os protejan el amparo y la intercesión de los innumerables mártires y santos de España, desde Santiago Apóstol hasta los más recientes, los cinco canonizados en la plaza de Colón el 4 de mayo del pasado año por Juan Pablo II, ¿santos de nuestro tiempo! Su compañía invisible y amorosa no os faltará nunca en el itinerario de vida y amor que hoy emprendéis con la gracia de Dios para la felicidad vuestra y de vuestros hijos y para el bien y la paz de España. Amén». Especial Bendición Apostólica del Papa: "A S.A.R. Don Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias, y a Doña Letizia Ortiz Rocasolano, con ocasión de su enlace conyugal, me es grato impartirles, en prenda de la constante asistencia divina que les ayude a vivir fielmente los valores del sacramento del matrimonio y como signo de copiosos dones celestes sobre el nuevo hogar, una especial Bendición Apostólica, que extiendo a sus familiares y a los asistentes a la Santa Misa nupcial, en la Catedral de Ntra. Sra. La Real de la Almudena. Vaticano, 22 de mayo de 2004
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