CONMEMORACIÓN 25 ANIVERSARIO

"En su vida la palabra cruz no es sólo una palabra."




Firme y doliente, el Papa dice que Cristo le empuja a seguir


Unos 50.000 fieles acompañaron ayer al Papa Juan Pablo II en la misa de acción de gracias, que se celebró en la plaza de San Pedro del Vaticano por sus 25 años de pontificado, en la que, firme pero doliente, defendió la dignidad de la vejez y reiteró su voluntad de continuar su misión. La ceremonia se inició a las seis y diecisiete minutos de la tarde, coincidiendo con la hora en que la fumata blanca daba conocer al mundo que el cardenal polaco Karol Wojtyla era elegido Papa.


MARÍA-PAZ LÓPEZ - 17/10/2003
Corresponsal de La Vanguardia

Ciudad del Vaticano. - El Papa se sabe frágil y enfermo, pero aun con la voz cada vez más rota y la mano presa de los temblores, ahuyentó ayer ante los fieles toda idea de claudicar. "Cada día se desarrolla dentro de mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro", anunció en la homilía de la misa de acción de gracias por el 25 aniversario de su elección como Pontífice.

"En el espíritu, fijo la mirada benévola de Cristo resucitado -relató, respirando despacio, con gran esfuerzo-. Él, aunque consciente de mi humana fragilidad, me alienta a responder con confianza como Pedro: 'Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo'. Y después me invita a asumir las responsabilidades que Él mismo me ha encargado." A sus 83 años, enfermo de Parkinson, superviviente de un atentado, lastimado por operaciones intestinales, Karol Wojtyla, para la genealogía papal Juan Pablo II, cumplió ayer 25 años de papado con voluntad de continuar. Le acompañaron en la celebración, con el alma en vilo por si le atacaba la tos o las fuerzas le fallaban para leer sus parlamentos, unas 50.000 personas en la plaza de San Pedro.

Era a las seis de la tarde y el sol comenzaba a ponerse por el flanco izquierdo de la basílica, cegando los ojos de los fieles, y recordaba a otra tarde de hace 25 años, cuando a las seis y diecisiete minutos se vio la fumata blanca y el nombre de Wojtyla, tan raro e impronunciable, hizo pensar a las gentes congregadas en la plaza que el cónclave había elegido a un africano. Pero resultó ser polaco, y como él mismo confesó ayer al evocar el momento, estaba inundado de temor. "A ti, Señor, ofrezco los frutos de estos 25 años de ministerio al servicio del pueblo que me has confiado. Perdona el mal realizado y multiplica el bien, todo es obra tuya y toda la gloria es tuya. Te presento de nuevo a quienes pusiste en mis manos. Toma sobre tus hombros a los débiles, cura a los heridos y cuida a los fuertes", dijo con voz muy fuerte y clara el obispo de Roma. "Te renuevo la ofrenda de mí mismo, del presente y del futuro", añadió el Papa, que recordó el día en que fue elegido y el temor que le entró ante tanta responsabilidad. Con ese rostro dolorido que presenta cada vez más en los últimos tiempos, continuó narrando como hubo que echarle confianza a la misericordia divina para que, a la pregunta "¿aceptas?", el entonces cardenal de Cracovia, de 58 años, respondiera: "En la obediencia de la fe, ante Cristo mío Señor, encomendándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente de las grandes dificultades, acepto." Así lo repitió ayer el Papa al desgranar su recuerdo.

Juan Pablo II agradeció a Roma y a todo el mundo la ayuda que le han prestado y pidió a todos sus fieles que sigan rezando por él. "Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, plegarias y sufrimientos han sido ofrecidos por mí. Os pido que no interrumpáis esa gran obra de amor. Os lo pido de nuevo, ayudad al Papa a servir al hombre y a toda la Humanidad", solicitó. Concluida la ceremonia, saludó en ocho idiomas, entre ellos español, en el que dijo: "gracias por la adhesión a las enseñanzas de la Sede Apostólica".

No tuvo energías para más y, como había hecho ya por la mañana al firmar la exhortación apostólica "Pastores gregis", dejó que el sustituto de la Secretaría de Estado, Leonardo Sandri, prosiguiera la lectura de la homilía. Eso le impidió repetir por sí mismo la frase más famosa del arranque de su pontificado, pronunciada con su voz vigorosa de entonces: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!" Veinticinco años después, las pronunció en su nombre el prelado Sandri, a quien casi se le escapa una lágrima. Los fieles, entre tanto, aplaudían o rezaban, pero recatados, lejos de aquellas demostraciones de jolgorio y ondear de banderas al que el carisma de este Papa daba rienda suelta en el pasado.

Antes de ser conducido, en su sillón de ruedas camufladas, al altar exterior de la basílica, habían llegado ya en procesión 149 cardenales, precedidos de 28 prelados que en el consistorio de la próxima semana se convertirán también en purpurados. Además de ellos, 7 patriarcas de las Iglesias orientales, 109 obispos, 17 responsables de dicasterios vaticanos y decenas de párrocos romanos concelebraron con el Papa la misa, sentida, contenida, austera por la ternura que despierta la vejez, la enfermedad y el tesón, por mucho que no faltaran las flores holandesas ni las voces blancas de los niños cantores.

Entre los asistentes de las delegaciones oficiales, estaban los presidentes de los dos países más amados de Juan Pablo II: el polaco Aleksander Kwasniewski y el italiano Carlo Azeglio Ciampi, que el día anterior le había dirigido un mensaje televisado de felicitación. Polonia envió también a Lech Walesa, primer presidente del país tras la caída del comunismo, e Italia llevó a los presidentes del Senado, Marcello Pera, y de la Cámara de los Diputados, Pier Fernando Casini. No hubo delegación oficial española, y de la realeza sólo se vio a los príncipes de Liechtenstein, Hans Adam II y María.

La ceremonia duró casi dos horas, con el cielo de Roma ya tachonado de estrellas, dos horas largas al aire libre para un anciano que ya había aguantado firme otras dos horas largas de ceremonia por la mañana, y a quien aguardan aún jornadas agotadoras. En nombre de la Iglesia fue felicitado por el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio) y decano del colegio cardenalicio, quien recordó la labor realizada por el Pontífice en estos años, subrayando que ha anunciado por el mundo (ha visitado 129 países) la voluntad de Dios "sin temor". "Usted puede decir que jamás ha buscado la adulación con las palabras, que jamás ha buscado algún honor de los hombres. Usted ha sido criticado e injuriado, pero también ha suscitado gratitud y amor y ha logrado vencer el muro del odio. Podemos constatar que usted se ha entregado por completo al servicio del Evangelio y se ha dejado consumir", dijo Ratzinger quien le hizo un cumplido doloroso: "En su vida -le dijo- la palabra cruz no es sólo una palabra." Luego le equiparó con el apóstol Pablo, pues "también usted soporta el sufrimiento para completar en su vida terrena, por el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, eso que aún falta a los padecimientos de Cristo".